Economía

Fernando Navajas: “Con una crisis cambiaria que lleva a una devaluación, las tarifas son un ancla relativa”

"No me parece que se pueda decir que tuvimos mala suerte porque se atrasó el acuerdo de la deuda y apareció la pandemia de modo tal que entramos al segundo trimestre con un “cambio de régimen” en las expectativas que llevaron a que los dólares libres (Blue, CCL y Bolsa) saltaran violentamente"

La economía da sorpresas, o mejor dicho, los hechos basados en presunciones de pergaminos y respaldo internacional de algunos funcionarios de Gobierno, porque si bien el ministro Martín Guzmán logró reestructurar los vencimientos de la deuda para el próximo trienio, así como también presentar en tiempo el Presupuesto 2021, dos componentes claves para recuperar la confianza y quebrar el sendero recesivo de la economía, como esperaban muchos economistas, como es el caso de Fernando Navajas, uno de los y economista jefe de la Fundación de Investigaciones Económicas Latinoamericana (FIEL), académico de la Universidad de Buenos Aires y de la Universidad Nacional de La Plata y miembro del Consejo Directivo de la Universidad Torcuato Di Tella; y vicepresidente de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, el cuadro se agravó severamente, más allá de la irrupción de la crisis sanitarias y sus efectos devastadores sobre la realidad social y las empresas.

Los indicadores de confianza de los consumidores y sus expectativas para el corto plazo mostraron en la semana que el deterioro acumulado desde la implementación de la cuarentena preventiva del covid-19 el 20 de marzo fue, salvo en el Gran Buenos Aires, menor al acumulado desde el inicio del nuevo gobierno. Claramente, la severa caída de puestos de trabajo y más aún de las horas trabajadas, producto de la notable fragilidad de la situación macroeconómica, con derrumbe de las reservas líquidas en el Banco Central y profundidad del déficit fiscal, no parecen fenómenos aislados, sino que respondieron a la acumulación de desaciertos, en particular en lo referente a la falta de una hoja de ruta que sorprendiera a los agentes económicos, y no defraudara las expectativas de destacados economistas en particular, y de gran parte del electorado.

– Pocas semanas antes de que el Gobierno decretara el comienzo de la cuarentena, usted decía a Infobae: “El Gobierno nos va a sorprender con un plan creativo” ¿La irrupción del COVID-19 justifica la decisión del presidente Alberto Fernández y de su ministro Martín Guzmán de renunciar a presentar un plan económico?

– Puesta fuera de contexto esa parece hoy una bolufrase, retrospectivamente hablando. Pero esa frase estuvo hecha en los primeros días de marzo, en un momento en donde yo suponía, en ausencia del COVID-19, que el gobierno iba camino a arreglar el problema de la deuda en Nueva York y que luego el ministro Martín Guzmán con el apoyo pleno del Presidente y la vicepresidenta, iba a armar un plan de salida basado en un manejo coordinado de variables nominales empezando por el tipo de cambio, las tarifas, los salarios y las jubilaciones. La creatividad que yo imaginaba estaba en la certeza que tenía -que por otra parte es correcta- de que en el entorno del Ministerio de Economía de ese tema sabían, y en la suposición -que resulto errónea- de que había voluntad para dicho programa. El optimismo mío de que iban camino a arreglar el tema de la deuda -porque estaba bien planteada la estrategia de Stiglitz y Guzmán- fue lo que me llevó a sumarme a la solicitada de apoyo, de lo cual no me arrepiento a pesar de que tuve muchas críticas de amigos y colegas. Y tuve razón. Eso funcionó bien porque había un libreto coherente y una cohesión del gobierno atrás de esa estrategia.

Si, puede decirse que el COVID-19 cambió drásticamente el escenario macro. Pero hoy, retrospectivamente, me parece que aún sin COVID esto venía mal, es decir -respondiendo a su pregunta- ellos ya habían renunciado a presentar un plan económico sobre un diagnóstico más político que económico. Es decir, la irrupción del COVID-19 “aparentemente justifica” lo que no iba a ocurrir de todos modos. No me parece que se pueda decir que tuvimos mala suerte porque se atrasó el acuerdo de la deuda y apareció la pandemia de modo tal que entramos al segundo trimestre con un “cambio de régimen” en las expectativas que llevaron a que los dólares libres (Blue, CCL y Bolsa) saltaran violentamente. Nuestros vecinos estaban devaluando frente al shock y nosotros en vez de aprovechar y hacer ese ajuste devaluatorio, que hubiera tenido un efecto pequeño en precios por el shock recesivo de la pandemia y también poco impacto distributivo por los mecanismos de transferencias que se incluían, decidimos iniciar un viaje de ida hacia un mayor cepo. Ahí empezó el “peso problem” (es decir un ataque especulativo sobre el dólar producto de un problema de expectativas) de la Argentina.

Me parece que aún sin COVID esto venía mal, ellos ya habían renunciado a presentar un plan económico sobre un diagnóstico más político que económico

– La directora gerente del FMI, Kristalina Georgieva, dijo: “Argentina enfrenta muy dramáticos desafíos, una profunda recesión y las condiciones sociales están empeorando” ¿Qué debiera o puede hacer el equipo económico para enfrentar esos desafíos y comenzar a atenuar los efectos de la crisis que agudizó la cuarentena?

Deberían reflexionar, volver a situarse en diciembre de 2019 y pensar que se necesita un plan con apoyo político y que si ese apoyo no está -o las intenciones políticas son las de buscar una crisis- entonces mejor irse a casa, porque la van a pasar muy mal. Si antes del COVID-19 la Argentina necesitaba un plan de consolidación fiscal importante, pero no muy drástico, camino al arreglo de la deuda y un conjunto de reglas de ajuste de variables nominales, hoy se encuentra en una situación crítica. La crisis del COVID-19 puso al descubierto mucho más que un salto en el gasto y el déficit y su financiamiento monetario, estas cosas que todos los economistas mencionamos son causas de algo más profundo que es la ruptura violenta de un “pacto fiscal” que evite que los inversores y los tenedores de activos no crean que van a venir por ellos, de un modo u otro, en algún momento. En ausencia de ese pacto, el problema de diciembre de 2019 de frenar el “exit” hacia activos externos se hace gigantesco porque hay que financiar varios puntos del PBI. Sólo si este tema, que repito ya estaba en el aire al comienzo de la gestión de este gobierno, se reencausa puede haber espacio para estabilizar. No se trata de fiscalismo per se, se trata de algo mucho más profundo que va a la esencia de la economía política y del conflicto distributivo que está atrás de la fuga de capitales que hoy tiene la Argentina. En este contexto, a mi me preocupa la “solidaridad política” que exhibe el equipo económico con la idea de avanzar con un impuesto a la riqueza en medio de esta patología que acabo de mencionar.

alberto fernandez martin guzman
"A mi me preocupa la “solidaridad política” que exhibe el equipo económico con la idea de avanzar con un impuesto a la riqueza en medio de esta patología que acabo de mencionar" (NA)

No es que un impuesto a la riqueza esté mal en cualquier contexto, pero su diseño, circunstancias y actores a cargo son importantes en especial en casos en los que hay una corrida hacia los activos externos. Si el Gobierno, en diciembre de 2019, hubiera venido con un discurso que no fuera anti tenedores de activos y hubiera llamado (así como llamó a Stiglitz/Guzmán para la deuda) a digamos Thomas Piketty, Emanuel Saez o Facundo Alvaredo para que propongan una estrategia, no ahora sino a futuro, uno hubiera dicho que la propuesta podría ser considerada viable. Pero en cambio viene con Carlos Heller y Máximo Kirchner, y eso es una mala señal para el diseño de políticas porque ellos no pueden liderar ese esquema, tienen que estar para otra cosa. Es como si los hubiera mandado a ellos a negociar la deuda en Nueva York. ¿Cómo cree que les hubiera ido?

Más allá de este atolladero principal hay una tarea de diseño de un programa de mediano plazo preparado para enfrentar las consecuencias de la pospandemia en cuanto a crecimiento y empleo. Se requieren reformas estructurales que apunten a la creación de empleo masivo, a lo pavote, en el sector de servicios, mientras los sectores exportadores van al frente a buscar mercados y divisas y la industria se robotiza y hace super eficiente para competir en una economía que no puede cerrase al comercio. La infraestructura entra en todos lados y de un modo complementario y estratégico. Un plan como este no es imposible de consensuarlo, aún entre gente que piense distinto, pero necesitamos primero salir del borde del precipicio y resolver este entuerto.

No es que un impuesto a la riqueza esté mal en cualquier contexto, pero su diseño, circunstancias y actores a cargo son importantes en especial en casos en los que hay una corrida hacia los activos externos

– El Congreso debiera comenzar a tratar el Presupuesto 2021, ¿A la luz de la crisis de confianza y de las medidas fuera de agenda que comenzaron a tomar tanto el Ministerio de Economía y el Banco Central, el Gobierno debiera retirar el proyecto original y reescribirlo?

– El Gobierno es solo un actor dentro de las instituciones fiscales y las reglas -sean formales o informales- en las que se inscribe y resuelve el Presupuesto, más en un país con la estructura federal como la Argentina. Me temo que no se trata de borrar y armar algo nuevo solamente, sino que ese algo tiene que construirse al mismo tiempo políticamente. Es decir, no se trata de una labor tecnocrática sino de algo más complejo y que requiere un liderazgo muy fuerte y convencido de para dónde vamos y lo que hay que hacer. En uno de los pocos o tal vez el único episodio en donde logramos salir de un “peso problem”, a comienzos de 1995 y luego del Tequila, se pudo salir con medidas presupuestarias no muy cruentas, pero porque había un Poder Ejecutivo -nos guste o no- que ejercía un liderazgo político muy fuerte. Es decir, ese elemento clave hoy no se vislumbra, más allá de la idoneidad política del Presidente, cosa que no discuto porque lo respeto.

Una vez que esta etapa u operación política esté aclarada en cuanto a objetivos y acciones a llevar a cabo, luego vienen los ingredientes que requeriría una acción presupuestaria del tipo de la que usted insinúa, que sin duda debería ser de mayor esfuerzo o sea un déficit más bajo, yo diría la mitad del que muestra el Presupuesto. Pero antes que eso, todo presupuesto necesita apoyarse en un plan macroeconómico que lo anteceda. Y el tema del tipo de cambio es -hoy de modo flagrantemente visible- algo que socaba la credibilidad del Presupuesto, es decir no hay presupuesto si eso no se resuelve. Y a su vez eso no se resuelve si el presupuesto acomoda la inconsistencia de tener que financiar más de 4 puntos del PBI con emisión y anuncios de impuestos sobre los activos. Lo del dólar a $102 a fines de 2021 resulta muy problemático para mirar los supuestos del plan de gastos y recursos del año próximo. En general los presupuestos en la Argentina indican un valor promedio para el año siguiente, pero en este caso decidieron poner un valor al final del año, con lo cual el dólar promedio de 2021 que nos dice sería de algo así como $92. Con la brecha cambiaria actual se hace difícil pensar que este tipo de cambio proyectado sea realista. Es bastante plausible esperar, como en algunos años en que la brecha cambiaria fue muy alta, que la misma sea indicativa de a dónde vamos. Y dependiendo de la magnitud del salto eso hace trizas partes importantes del Presupuesto, porque los efectos de la devaluación alteran mucho el cuadro presupuestario en diferentes direcciones.

"Es bastante plausible esperar, como en algunos años en que la brecha cambiaria fue muy alta, que la misma sea indicativa de a dónde vamos. Y dependiendo de la magnitud del salto eso hace trizas partes importantes del Presupuesto"
"Es bastante plausible esperar, como en algunos años en que la brecha cambiaria fue muy alta, que la misma sea indicativa de a dónde vamos. Y dependiendo de la magnitud del salto eso hace trizas partes importantes del Presupuesto"

– ¿Qué opina del programa energético en general, y en particular del Plan Gas IV, es viable con una brecha cambiaria de más de 100 por ciento?

– El Gobierno no tiene un programa energético integral que esté basado en un diagnóstico o plan integral que abarque corto plazo, largo plazo y transición hacia una energía competitiva y que sea compatible con los objetivos ambientales globales a los que la Argentina se comprometió en el acuerdo de París y frente al G20. Es una pena porque el potencial argentino para hacer las cosas bien es muy grande en todas las dimensiones. En mi opinión, este debe ser el peor momento de las últimas décadas en materia institucional/organizativa de la política energética, con un Ministerio rebajado a subsecretaria provincial de hidrocarburos con sede en Neuquén, más allá de que esta sea hoy la capital indiscutida de los hidrocarburos. No es extraño que haya ocurrido esto dada la impronta del kirchnerismo más duro sobre la política del sector, que lejos de haber hecho una autocrítica de lo que les salió mal en 2003-2015, están convencidos de que el camino del intervencionismo funcionó bien. Es algo verdaderamente insólito, si no fuera porque se justifica que sean así por los errores del macrismo en su política tarifaria, que usan de escudo para querer volver al pasado. Hoy lo esencial es el Plan Gas IV para impulsar Vaca Muerta, que es una carrera contrarreloj para poder hacer competitiva a la producción no convencional, lo cual está bien. Lo que está mal es el encuadre de esa estrategia y su dependencia excesiva en el Presupuesto.

Hoy lo esencial es el Plan Gas IV para impulsar Vaca Muerta, que es una carrera contrarreloj para poder hacer competitiva a la producción no convencional, lo cual está bien. Lo que está mal es el encuadre de esa estrategia

El plan fue presentado con bombos y platillos lo cual es entendible y aceptable, pero con un grado de oscurantismo muy grande en cuanto a números, con estimaciones caprichosas basadas en supuestos poco auditables. Lo más notable fue la disonancia entre los casi USD 1.400 millones de costo fiscal que anuncian para 2021 y la asignación de un equivalente (a $92) a USD 200 millones en el Presupuesto 2021. Cuando esto se traslada a la gramática microeconómica de los subsidios a la energía aparece una inconsistencia muy visible entre los valores proyectados y las supuestas pautas de aumentos tarifarios. El problema de la estimación del tipo de cambio en el presupuesto 2021 se ve con particular virulencia en el caso de los subsidios a la energía, que tienen al sector eléctrico en el foco de la tormenta, porque el supuesto de que la demanda va a pagar el 43% de los costos con un tipo de cambio como el que podemos tener en 2021 es algo muy improbable.

Si el tipo de cambio se ajustara en 2021 en línea con la brecha dólar libre/oficial que hoy vemos entonces -dado que los precios que paga la demanda son en pesos mientras que los costos de la energía son en dólares- se produciría un salto muy significativo de los subsidios a la energía, que el presupuesto “supone” que van a ser iguales a los de este año. Si por el otro lado se ajustan las tarifas para respetar el supuesto de subsidios relativamente constantes, entonces se necesita un tarifazo, en un escenario en que el tipo de cambio se escapa. Y lo que sabemos de la experiencia argentina es que en un contexto en donde hay una crisis cambiaria que lleva a una devaluación significativa, las tarifas son un ancla relativa.

– ¿Cree que el Gobierno tendrá margen fiscal para impulsar un plan de obras públicas, por su efecto multiplicador de empleos, con una economía privada que se proyecta, en el mejor de los casos menos de la mitad de la caída estimada para este año?

– Como dije antes, impulsar el gasto en infraestructura resulta importante en la crisis del COVID-19, tanto por razones de crecimiento como por reacomodamientos sectoriales frente a la “nueva normalidad” y una convergencia más intensa hacia una economía verde. Esa es, además, la hipótesis de referencia o consenso en los países de la OCDE. Pero me temo que la Argentina enfrenta serios obstáculos para alinearse con esta hipótesis:

1. La Argentina no tiene espacio fiscal y está viviendo una situación de zozobra macroeconómica, y la experiencia indica que los gastos de capital son los que sufren en países con un elevado nivel y demanda de gastos corrientes de transferencias.

2. A pesar de haber logrado un acuerdo de la deuda en Nueva York, la Argentina no tiene acceso a mecanismos privados de financiamiento de la infraestructura. Es cierto que estos mecanismos están resentidos y que el financiamiento estatal debería actuar de modo supletorio y que se podría hacer una mímica a ese financiamiento manteniendo una lógica de participación público-privada o PPP. Pero la Argentina tiene ahora una actitud ideológicamente hostil a esta modalidad, como parte de una lógica antiempresa privada. En el Gobierno confunden apoyo a la empresa privada con financiar el IFE o dar subsidios blandos a las pymes, pero eso es una muestra de equivocación.

3. Hay otras razones para temer que la Argentina no va a ir por un buen camino en materia de infraestructura, en particular la infraestructura verde. El sector más intensivo en Programas de Participación Público-Privado (PPP) que es el de transporte y autopistas ha sido discontinuado, porque la crisis macroeconómica hace inviable el financiamiento. Y en materia energética la Argentina, así como otros países como México, ha virado violentamente en contra de las energías renovables que están en línea con la generación y distribución de electricidad, precisamente porque el paradigma está sesgado hacia hidrocarburos. Este sesgo hacia un recurso natural no renovable es un corolario de estar en una crisis macroeconómica y con un horizonte muy corto en materia de políticas, es algo lamentablemente inevitable en una situación como la actual.

Este sesgo hacia un recurso natural no renovable es un corolario de estar en una crisis macroeconómica y con un horizonte muy corto en materia de políticas, es algo lamentablemente inevitable en una situación como la actual

– El ministro de Economía, pero también otros funcionarios, consideran que la cotización del dólar libre no influye en la determinación de los precios, sólo el oficial el cual aseguran está en un nivel competitivo ¿Qué piensa? ¿Qué dice la larga historia argentina en la materia?

– La única verdad es la realidad de la ecuación de precios, estadísticamente hablando. Hubo muchas discusiones a fines de 2015 cuando se decía que la brecha cambiaria del 50% ya se había metido en los precios y que por lo tanto no íbamos a tener aumentos de precios y que la meta inflacionaria del 25% era correcta, y antes de asumir Mauricio Macri les bajó con mal tono el pulgar a los que salimos a decir que podía haber inercia inflacionaria. Después de ésta, la otra descalificación célebre fue la de negar que un aumento de tarifas iba a provocar algún shock inflacionario de corto plazo, aunque fuera transitorio, más allá de que ayudara a estabilizar fiscalmente. Yendo a la actualidad, la evidencia en alta frecuencia (datos semanales) no dice que estemos viendo que la brecha cambiaria se esté metiendo en la formación de precios “núcleo” de un modo generalizado. Pero en el pasado vivimos muchas experiencias en donde un “peso problem” se va a los precios y lo puede hacer de modo violento y no lineal. Empieza con traslados, luego pasa a dolarizar precios y termina con una negativa a la venta (porque no se conoce el valor de reposición) en una secuencia que puede ocurrir muy rápido. Esta patología, en el ambiente del Ministerio de Economía, la conocen muy bien. O sea, que al final de cuentas lo que estamos discutiendo es la forma en que el ministro tiene que hablar. No sé qué esperan los que critican, ¿que diga que él sabe que los precios se pueden dolarizar en alguna circunstancia?

– Claramente, la política influye en la economía. ¿El ministro de Economía le debe imponer un plan sustentable y por tanto, consistente, al Presidente que le confía esa área de gobierno, o debe ser un técnico que debe cumplir órdenes?

– Creo que ya expresé mi opinión antes y al hablar del Presupuesto. Mi respuesta sería ni lo uno (imponer plan) ni lo otro (cumplir órdenes). Si se hace esa pregunta para el caso del gobierno anterior no creo que obtenga una respuesta, y menos lo va a tener en este caso. En todo caso, las situaciones en donde el perfil del ministro se eleva es cuando existe alguna presión externa (luego de la crisis de 2018, el FMI y en especial Christine Lagarde elevaron el perfil de Nicolás Dujovne y ello sirvió para que Mauricio Macri evitara que la Jefatura de Gabinete, o sea él, lo siga poniendo en un rol secundario) o cuando existe una crisis hiperinflacionaria (como en el comienzo del gobierno de Carlos Menen y el ingreso triunfal de Domingo Cavallo a Economía). Esas situaciones son horribles. En tiempos normales, uno debe esperar una coordinación del Presidente con Jefatura de Gabinete y el ministro. Eso pensamos que podía llegar a ocurrir en diciembre de 2019 cuando el presidente Alberto Fernández presentó a su gabinete y en el área de jefatura se ubicó gente que podía estar en la misma página que el ministro de Economía.

"En tiempos normales, uno debe esperar una coordinación del Presidente con Jefatura de Gabinete y el ministro. Eso pensamos que podía llegar a ocurrir en diciembre de 2019 cuando el presidente Alberto Fernández presentó a su gabinete"
"En tiempos normales, uno debe esperar una coordinación del Presidente con Jefatura de Gabinete y el ministro. Eso pensamos que podía llegar a ocurrir en diciembre de 2019 cuando el presidente Alberto Fernández presentó a su gabinete"

– Como reflexión final y como estudioso de la historia económica de la Argentina, dominada por crisis recurrentes ¿Qué cabe esperar en el corto y mediano plazo?

– No creo que haya una pregunta más difícil que ésta, la verdad. No me parece, ni me gusta, hacer predicciones cuando existen más incógnitas que ecuaciones, ni tampoco quiero caer en un pesimismo o en un voluntarismo. Es que no hay nada previo comparable a esto, por lo que la crisis del COVID-19 y su evolución y secuelas significan. Pero no me parece que la crisis global del COVID-19, ni la nuestra en particular, sean de naturaleza catastrófica para el capitalismo, ni que tampoco signifiquen el quiebre del Estado. Los catastrofistas de un lado o del otro me parece que se van a equivocar de nuevo en el tema sanitario. En este plano soy moderadamente optimista, porque si bien lo que estamos viendo de la pandemia es que está siendo gobernada por sus propias reglas y que el intento de hacer “dirigismo” pandémico es un fracaso en sociedades abiertas, me preocupa la reacción del Gobierno y también de la gente. Es decir, el COVID-19 podrá no ser controlado con dirigismo, pero sin una buena sintonía de las expectativas de la gente entonces las consecuencias pueden ser peores. Y para coordinar se necesita tener un buen gobierno. La inmunidad del miedo, como alguien definió hace poco a la reacción de la gente en favor de cuidarse, nunca funcionó en la sociedad argentina. De lo contrario, no tendríamos una brecha cambiaria del 100 por ciento.

No me parece, ni me gusta, hacer predicciones cuando existen más incógnitas que ecuaciones, ni tampoco quiero caer en un pesimismo o en un voluntarismo

Yendo a nuestra economía, por lo que dije antes creo que estamos frente a una inconsistencia político-económica muy grande que tiene al quiebre del “pacto fiscal” y a la fuga de capitales como un eje determinante y a la emisión y eso es lo que hoy va a definir el sendero por el que vamos a ir. Técnicamente hablando veo una devaluación nominal muy significativa que dé lugar a una inflación muy superior al 29% del Presupuesto, porque eso es necesario para licuar el exceso de dinero que se generó por la pandemia y el quiebre de expectativas. Yo entiendo y apoyo la defensa de evitar un overshooting del tipo de cambio, que tiene que primar en la política económica. Pero sería voluntarista si creo que este tipo de cambio actual es defendible en este contexto, como también lo dije respecto a los $25 del comienzo de la crisis de 2018. Ahora, si esto ocurre de modo ordenado o desordenado va a depender críticamente del condimento de riesgo político, que en la Argentina esta signado por un problema institucional en que, nada menos, que quien fue elegida en las urnas por amplio margen es objeto de un embate judicial. Esto complica todo los demás, porque abre el espacio a una confrontación que el sistema político no supo procesar. No haber previsto esto con anticipación es parte de esta crisis. Si va a ser una crisis entonces esperemos que pueda ser al menos original y no una parodia de crisis anteriores.

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