Política

Alberto Fernández cumple un año como presidente: crisis, coronavirus y el interrogante de arrastre sobre su poder

Alberto Fernández se abraza con Máximo Kirchner en el acto de la noche de la victoria electoral

Hace un año, Alberto Fernández asumía la presidencia con un interrogante de fondo sobre su construcción de poder y dos estampas de los festejos por el triunfo electoral que ilustraban la tensión del nuevo oficialismo cuando todo era sonrisas: una celebración con Cristina Fernández de Kirchner exultante y un escenario posterior en Tucumán junto a gobernadores del PJ, intendentes y jefes sindicales. Las imágenes insinuaban un camino lineal de disputa, pero el recorrido de doce meses fue más complejo, con pandemia, cuarentena, crisis y hasta la expectativa de una construcción mayor. No fue así y este 10 de diciembre remite al origen de todo, es decir, al desafío inicial de una fórmula de peso invertido.

La dupla Fernández-Fernández fue impulsada de entrada así, como una marca de campaña, para diluir las especulaciones sobre la gravitación de cada Fernández. Y CFK se impuso un muy bajo perfil público después de la escalada impresionante que coronó con la integración de Alberto Fernández como candidato. Síntesis buscada: un giro como garantía de “unidad” peronista y un ex rival como expresión de moderación política.

El triunfo demoledor en las PASO y la consagración posterior en primera vuelta, aunque con menos de lo que pronosticaba la crisis de la gestión macrista, fue acompañada por especulaciones y cálculos sobre la sólida pero insuficiente base de la ex presidente y el aporte de la imagen más conciliadora del presidente electo. Difícil de calcular matemáticamente. Aquellas postales del inicio y hasta la confección del gabinete nacional indicaron que el juego no terminaba. Empezaba.

Alberto Fernández mostró de entrada intención de mantener los equilibrios de la nueva sociedad de gobierno, con lugares destacados para el kirchnerismo duro –en varios casos, bajo la fórmula en general conflictiva de ministerios compartidos- y con espacios para Sergio Massa, más una fluida relación con Máximo Kirchner. Eso, junto a su insistente exposición pública, la apuesta a resolver la deuda con los acreedores externos y con el FMI –sin plan explícito pero con crecientes señales de ajuste- y el desafío impensado del coronavirus, primero subestimado y después enfrentado con cuarentena extensa, agravante de la crisis económica y social.

Todo, cada paso, resulta indivisible de la construcción de poder. Ese camino tuvo varias etapas y un balance provisorio, el del primer año de gestión, que podría ser descripto en por lo menos tres capítulos, sin final.

Alberto Fernández junto al tucumano Juan Manzur y otros gobernadores del PJ dos días después del triunfo electoral
Alberto Fernández junto al tucumano Juan Manzur y otros gobernadores del PJ dos días después del triunfo electoral

En rigor, la primera etapa comenzó antes que la gestión, con aquellas dos fotos de los festejos de octubre. La relación con CFK, y la provincia de Buenos Aires expuesta como éxito mayor, y el objetivo de encabezar un armado con los jefes territoriales y el PJ tradicional como principal columna. Esto último, con cierta nostalgia por el estilo y la concepción de Néstor Kirchner. El ejemplo “nestorista” de construir desde la Presidencia el poder que no tenía a la hora de asumir. En el caso actual, de entrada, con mensajes al peronismo más o menos orgánico y sin descuidar vías de conversaciones, frustradas varias veces, para atraer al sector más “dialoguista” de Juntos por el Cambio –con buen piso electoral, pero sin orgánica ni liderazgos firmes- y para sumar concretamente a Roberto Lavagna, como señal política de amplitud y como carta al mundo económico.

El problema central no se resolvía sólo con guiños. Néstor Kirchner operó desde el primer día para colocar en su órbita al peronismo bonaerense y finalmente rompió con Eduardo Duhalde. No quería deber nada en materia política y quebró así el pacto al que denominaban alianza estratégica. Alberto Fernández enfrenta otra realidad. También CFK conoce la historia y la gravitación de la provincia. Se aseguró desde antes su gestión.

Alberto Fernández con os intendentes de la provincia de Buenos Aires
El Presidente junto a los intendentes de la provincia de Buenos Aires

Con todo, hasta marzo y con un gabinete complicado por los supuestos equilibrios internos, el Presidente avanzaba con las múltiples emergencias –no sólo económica- y condicionaba todo a las tratativas con los acreedores externos y a la negociación con el FMI. De golpe, entonces, se advirtió que el coronavirus era bastante más que un problema lejano, en el plano sanitario y también conceptual. Y pasada la demora –en especial, en aeropuertos y fronteras- sobrevino la cuarentena dura.

La etapa de las mayores restricciones –mal administradas y flexibilizadas de hecho después- tuvo su efecto visible en el agravamiento de la crisis económica y social. Y también, correlato político. Todas las encuestas registraron de entrada un rápido ascenso de la figura presidencial, en algunos casos con números y comentarios empalagosos que, en espejo, hicieron más dura la curva de caída a partir de mayo y junio.

Primeras fotos de cuarentena: Alberto Fernández flanqueado por Horacio Rodríguez Larreta y Axel Kicillof
Primeras fotos de cuarentena: Alberto Fernández flanqueado por Horacio Rodríguez Larreta y Axel Kicillof (Handout ./)

Pero aquella imagen potente y las sucesivas exposiciones con Kicillof y Horacio Rodríguez Larreta comenzaron a generar una segunda entrega de hipótesis sobre la construcción de poder. Quedó congelado el primer intento de poda de recursos a la Capital, impulsado desde el primer momento de gestión por CFK, Máximo Kirchner y el gobernador bonaerense. Y fue aceitada la relación con el jefe de Gobierno porteño.

El silencio medido de la ex presidente y el contexto general de la pandemia, aunque ya con primeras señales de fatiga social, le pusieron marco a una mirada que, en privado aunque no en reserva, era explicada en círculos del Presidente como un giro político. Los gobernadores y el PJ tradicional seguían siendo objetivo primordial del esquema imaginado, pero debía ser sumada la relación con Rodríguez Larreta y el ala moderada de la oposición como parte de una conveniencia táctica para dejar en el camino a CFK y Mauricio Macri. Se escuchaba decir que era un remedio para la grieta y un terreno más racional para competir después entre oficialismo y oposición.

El cambio en sentido inverso sobrevino o fue gatillado en medio de la pendiente de la cuarentena, con cifras cada vez más preocupantes y con crisis profunda. La realidad registrada por movimientos sociales, intendentes y la Iglesia en el GBA anticipaba el reflejo en estadísticas e informes sobre los niveles de pobreza.

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Cristina Kirchner

La provincia ya recibía una parte sustancial de los fondos repartidos por el Gobierno nacional. Pero el riesgo de la protesta de la Policía Bonaerense, llamativa y prolongada, terminó de reponer el proyecto de poda de los recursos para la Capital. Un ajuste de coparticipación para atender de entrada a la provincia de Buenos Aires. Y una movida política con estribaciones en el Congreso y en la Corte Suprema.

Fue un golpe ruidoso y profundo en la relación con algunos referentes de la oposición, no sólo con Rodríguez Larreta. Desanimó incluso a experimentados operadores de la idea de un entendimiento político mínimo frente a la crisis. Nueva etapa: ese quiebre cerró al Presidente sobre la interna. Pero no aquietó el frente doméstico.

Otra vez, el juego de poder interno como dato dominante. Buena parte de la realidad se ve teñida de ese modo: la pulseada por el jefe de los fiscales, los cambios al proyecto de reforma de la movilidad jubilatoria, el impuesto a las grandes fortunas, la advertencia sobre funcionarios que no funcionan, las presiones y enojos por las novedades en el frente judicial, desde el pronunciamiento de Casación en la causa de los cuadernos de las coimas hasta la decisión de la Corte en el caso de Amado Boudou.

Todo pasa por el mismo foco. Hasta el recuento de presencias, ausencias y dichos en los actos políticos mayores. El 17 de Octubre, el décimo aniversario de la muerte de Kirchner. En otra escala, también demanda esa lectura el primer año de gestión presidencial. CFK se adelantó ayer y difundió una carta con doble destinatrio: al Corte Suprema y Olivos. Otro cimbronazo interno. Y como al principio, con el interrogante sobre la construcción real de poder.

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