Economía

La inútil guerra fría entre EEUU y China

El presidente de Estados Unidos, Joe Biden (REUTERS/Tom Brenner/Archivo) (TOM BRENNER/)

El gobierno de Donald Trump se caracterizó, entre otras impostaciones, por un férreo y continuo ataque al crecimiento del poderío económico del régimen comunista chino.

El triunfo de Joe Biden hacía presumir una mejora sustancial de las relaciones entre ambas superpotencias. Sin embargo, rápidamente quedó en claro que tanto republicanos como demócratas consideran que el ascenso del país asiático como potencia global es la principal amenaza estratégica que enfrenta su país.

En la primera versión de la “guerra fría”, el bloque occidental logró imponerse, en parte, gracias a que la dirigencia estadounidense logró mantener una estrategia confrontativa controlada y esperó pacientemente que el imperio soviético se derrumbara como consecuencia de sus propias debilidades.

Tanto republicanos como demócratas consideran que el ascenso del país asiático como potencia global es la principal amenaza estratégica que enfrenta su país

La administración de Obama encaró un cambio de doctrina que tendría como una de sus principales consecuencias el traslado de recursos militares desde el Medio Oriente y Europa hacia Asia. Este cambió se consolidaría aún más con Trump, que terminó adoptando una retórica más confrontativa con Beijing y estuvo incluso dispuesto a modificar el sistema de instituciones y de alianzas para limitar, de esta manera, el ascenso de China como potencia mundial.

Muchos expertos en política exterior creen que Biden continuará con esta estrategia, aunque variará la retórica y el accionar táctico de Estados Unidos. El multilateralismo y la alianza con Berlín y París volvería a ganar protagonismo. Por otra parte, la posibilidad de establecer una alianza con Moscú, lo cual hubiese sido posible durante un segundo mandato de Trump, ahora parece improbable. Temas como la violación de derechos humanos y el cambio climático serán utilizados para denunciar el accionar de China. Pero el elemento ordenador de la política exterior de Estados Unidos, más allá de diferencias tácticas y retóricas, sería el mismo.

Si bien el crecimiento económico chino se extiende vigorosamente desde hace más de cuatro décadas, no es menos cierto que en él anidan peligrosas tendencias al desorden y a la exageración de las facilidades crediticias en los mercados financieros. El financiamiento de la inversión, en el interior de su territorio, y fuera del sector de bienes transables, no es siempre racional. Tampoco lo son todas las “inversiones” decididas por los jerarcas del régimen. Varias “ciudades fantasmas”, abandonadas y sin ocupantes desde hace varios años, dan muestras del derroche de recursos con que se inflan artificialmente algunas cifras oficiales.

El presidente chino, Xi Jinping
El presidente chino, Xi Jinping (WU HONG/)

La alta tasa de ahorro de la población permite que las empresas obtengan fondos mediante la emisión de Obligaciones Negociables en moneda local. Se estima que aproximadamente un 80 % de este monto, procede del mercado doméstico. El poco cuidado por la eficiencia, exigida por la maximización del crecimiento a toda costa, ha incrementado significativamente el grado de incumplimiento de los servicios de intereses y/o amortización de estos instrumentos.

Es además significativo que un 90% de los “defaults” provengan de empresas públicas de carácter local. La presión del régimen hacia los jerarcas menores para que contribuyan al crecimiento “programado” en las aldeas y regiones, provoca excesos y desperdicio de recursos.

En su libro “Porqué fracasan los países”, el economista turco Daron Acemoglu narra la caída del imperio soviético como resultado natural de la falta de instituciones económicas que distribuyan y atomicen el poder inversor entre millones de habitantes, tal como lo hace el sistema capitalista de libre mercado.

A este tipo de organización social, la denomina “inclusiva”, dejando para aquella que concentra este poderío en una elite gobernante el título de “extractiva”. Una de las más importantes conclusiones del autor, respecto al régimen chino, es que la naturaleza de sus instituciones preanuncia el mismo final que el que desmembró a la Unión Soviética.

Solo el pueblo chino, sin la ‘ayuda’ de los EEUU y el resto del bloque occidental puede ser capaz de modificar el carácter antidemocrático y represivo del cruel régimen que los gobierna

Una de las más antiguas y conocidas reglas de confrontación política aconseja no interrumpir al rival cuando este se está equivocando. La mejor estrategia sería, según la sabiduría popular, dejar que persista en el error y se derrote a sí mismo, sin necesidad de enfrentamientos innecesarios.

Es en este marco que podría considerarse un grave error de occidente obstaculizar el modo y la velocidad de la estrategia de crecimiento de la potencia asiática.

Es razonable predecir que el gran perjudicado será el pueblo chino, que tendrá que sufrir las consecuencias del encarnizamiento del régimen, en defensa de sus “instituciones”. La presión de occidente podría generar una airada reacción de los gobernantes, que bien podrían declarar, que los chinos son “derechos y humanos”, mientras continúan reprimiendo sin piedad a aquellos habitantes que no demuestren una total lealtad al partido y a la “comunidad organizada”.

Algunos lúcidos pensadores propician no solo no obstaculizar, sino cooperar con el gobierno chino, ayudando a que el crecimiento económico continúe y que la burbuja crediticia no estalle.

Una de las más antiguas y conocidas reglas de confrontación política aconseja no interrumpir al rival cuando este se está equivocando

En el libro mencionado anteriormente se utiliza el término “deriva institucional” para indicar la tendencia hacia la que espontáneamente se dirigirá un país o región, en ausencia de interferencias de origen externo.

El fin de la guerra fría contra el gobierno chino, permitiría el afianzamiento de la tendencia hacia la eliminación gradual y persistente de la pobreza en este vasto y superpoblado lugar del planeta.

El incremento de la clase media surgente, con nuevas aspiraciones, de carácter político, económico y educacional, multiplicarían por miríadas las protestas que actualmente se sofocan con violencia en Hong Kong. Solo el pueblo chino, sin la “ayuda” de los EEUU y el resto del bloque occidental puede ser capaz de modificar el carácter antidemocrático y represivo del cruel régimen que los gobierna.

En la misma línea de pensamiento, es lógico estimar que una eventual salida democrática nunca podrá ser impuesta desde el exterior sino que tiene que surgir de las entrañas mismas de la sociedad. La conquista de las libertades, es la gran tarea pendiente que le espera a los millones de habitantes que pueblan ese inmenso territorio.

Con paciencia milenaria, como es su estilo, los sufridos chinos, hoy priorizan el crecimiento y la eliminación de la pobreza. La consolidación económica incrementará los deseos de libertad y, muy probablemente, hará estallar la “burbuja represiva” actual.

La continuación de la nueva “guerra fría” es un magnífico dislate, propio de la falta de sabiduría de las elites dominantes, que tienen la “fatal arrogancia” de pretender forzar los desenlaces “naturales” que, tarde o temprano, deciden la dirección en que fluyen la historia y la civilización.

Toda interferencia es antinatural y demorará el inevitable desenlace democrático, en perjuicio de aquellos individuos que, por amor a las libertades inalienables de todos los seres humanos, son sospechados de no compartir enteramente los preceptos revolucionarios y son tachados, así, como enemigos del “pueblo y de la revolución”.

Inútil sacrificio de las mentes más lúcidas, capaces de encabezar un futuro distinto, con paz, libertad y empleos bien remunerados, para todos los hombres de bien, que quieran habitar el milenario suelo chino.

Los enemigos de la libertad llevan una ventaja apreciable en la lucha por el establecimiento de los valores esenciales de la humanidad

Por último, y a fin de satisfacer a los más finos pensadores que fatigan los medios con un discurso de defensa a ultranza de las libertades personales, es menester manifestar que la totalidad de esta nota contiene, aunque no sea su propósito principal, una evaluación utilitarista del capitalismo y de la libertad de mercados.

Esto se debe a la predominancia del enfoque actual sobre la materia, pero no implica una negación del principio iusnaturalista. Este debería prevalecer si el mundo no hubiera abandonado, hace décadas, la defensa de estos valores por el sólo hecho de ser éticamente superiores.

Los enemigos de la libertad llevan una ventaja apreciable en la lucha por el establecimiento de los valores esenciales de la humanidad. En esta batalla cultural, han endiosado a la sociedad y al colectivismo, dejando al individuo y a la persona humana, de carne y hueso, como una mera partícula componente de una maquinaria voraz, depredadora de los sueños y esperanzas de los “descarriados” que osan enfrentar los designios “políticamente correctos” de aquellos que aborrecen la iniciativa privada, el lucro, el mérito y la acumulación de riqueza en base al trabajo y el esfuerzo personal.

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