Hay una escena contemporánea que se volvió normal: llenar cualquier hueco con algo. Música al cocinar, podcast al caminar, scroll en el ascensor, series para dormir. No es solo entretenimiento: para mucha gente es regulación emocional.
El problema aparece cuando el silencio se vuelve insoportable. No por falta de tiempo, sino por exceso de ruido interno. En ese contexto, “estar a solas con los pensamientos” se siente como entrar a una habitación donde no sabes qué vas a encontrar.
Esa evitación tiene costos. Si nunca te quedas quieto, no procesas. Y si no procesas, todo se acumula: cansancio mental, irritabilidad, una sensación de estar siempre corriendo detrás de algo.
Por eso ciertos profesionales usan ejemplos extremos: no para asustar, sino para mostrar hasta qué punto evitamos el silencio, incluso cuando la alternativa es absurda.
Alejandro Martínez, psiquiatra: “La gente prefiere darse una descarga eléctrica dolorosa antes que pasar 15 minutos a solas con sus pensamientos”
En el marco de su divulgación en redes sobre sobreestimulación y salud mental, el psiquiatra Alejandro Martínez dijo una frase contundente: “La gente prefiere darse una descarga eléctrica dolorosa antes que pasar 15 minutos a solas con sus pensamientos”.
Se vincula esa afirmación con un estudio conocido en psicología experimental: a participantes se les pidió estar solos con sus pensamientos durante 15 minutos, con la opción alternativa de administrarse una descarga eléctrica desagradable. El resultado, tal como lo resume el artículo, es que una proporción considerable eligió la descarga en lugar del silencio.
Más allá del número exacto, lo relevante es la interpretación: si el silencio se percibe como amenaza, cualquier estímulo -incluso uno negativo- puede parecer preferible. Es una idea incómoda porque rompe el mito de que “estar contigo mismo” es naturalmente placentero. Para muchas personas, no lo es al principio.
Martínez lo usa para señalar un rasgo cultural: vivimos en un entorno que premia la productividad y castiga la pausa. El tiempo “sin hacer nada” se siente culpable. Y cuando el cerebro se acostumbra a estímulo constante, la falta de estímulo se interpreta como vacío. Ese vacío, en ciertos momentos, se llena de preocupaciones, rumiación o emociones que venían postergadas.
La consecuencia es un circuito: cuanto menos toleras el silencio, más lo evitas; cuanto más lo evitas, menos habilidad tienes para estar en calma. En lugar de aprender autorregulación, externalizas la regulación: pantalla, comida, compras, trabajo, cualquier cosa. No porque seas superficial, sino porque el hábito se entrenó así.
La salida no es “obligarte” a sufrir 15 minutos a lo bruto. Es recuperar gradualmente la capacidad de estar a solas, con herramientas. Puede ser respiración, caminata sin teléfono, escritura breve, meditación guiada. Lo importante es reeducar al sistema nervioso: que el silencio no sea alarma, sino espacio.
La frase funciona como espejo: no habla de electricidad, habla de nosotros. De cuánto nos cuesta sentarnos sin distracciones y de cómo ese costo revela algo mayor: el miedo a encontrarnos con la propia mente sin filtros.