La desaparición de glaciares en el Perú avanza con una pérdida de superficie estimada en 42 % en las últimas seis décadas, un retroceso que, según el Instituto Nacional de Investigación en Glaciares y Ecosistemas de Montaña (Inaigem), ya equivale a 700 kilómetros cuadrados de hielo. La tendencia, advirtió la institución, compromete la seguridad hídrica y eleva riesgos para poblaciones asentadas aguas abajo.
La directora de investigación en glaciares del Inaigem, Paola Moschella Miloslavich, explicó a la Agencia Andina que el retroceso no solo reduce la disponibilidad de agua en cuencas y microcuencas, sino que también incrementa amenazas como desbordes de lagunas y procesos de inestabilidad en laderas, con potencial de aluviones.
El calentamiento global ya se tradujo en la desaparición de glaciares en Ayacucho, y el Inaigem proyecta que Apurímac y Huancavelica podrían perder los suyos durante la próxima década, debido a que la masa glaciar remanente en esos departamentos es reducida.

Para entender la velocidad del deshielo, Moschella pidió considerar el efecto del fenómeno de El Niño en años recientes: su presencia, dijo, redujo los glaciares en una proporción tres veces mayor que la registrada normalmente cada año, por el aumento de temperatura y el tipo de precipitación asociada.
“Pero estas, en vez de ser sólidas, como la nieve, son en parte líquidas, y por ello derriten la poca nieve que puede haberse acumulado en el año en los glaciares”, indicó la investigadora del Inaigem a la Agencia Andina, al explicar que la menor acumulación nival impide que el hielo se recupere.

Esa presión se suma a la del cambio climático, cuyos efectos sobre los glaciares, señaló Moschella, son irreversibles. En el balance territorial, el Estudio Técnico de Retroceso Glaciar en los Andes Peruanos durante las Últimas Seis Décadas, elaborado por el Inaigem, ubicó las mayores pérdidas en Áncash y Cusco, en relación directa con la concentración de glaciares, especialmente en la Cordillera Blanca.
En el caso de Apurímac, el informe consignó una pérdida de 91 % de su superficie glaciar en 60 años; y en Huancavelica, de 99 %. “Allí también hay una inminente desaparición, pues la cantidad de masa glaciar que tienen es muy reducida”, sostuvo Moschella, al proyectar que el proceso se consolidará en la próxima década.
Ante experiencias internacionales, Moschella sostuvo que medidas como glaciares artificiales resultan “muy complejas de manejar” en el territorio peruano. Para la especialista, la conservación real pasa por reforzar la mitigación del cambio climático, aunque eso no revierta el retroceso ya en curso.

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“Estamos en una región tropical del mundo, en la que durante todo el año hay derretimiento de hielo y nieve”, explicó. A diferencia de otras latitudes con estaciones marcadas, en el Perú la pérdida de masa glaciar ocurre de forma continua, lo que limita estrategias de cobertura temporal que solo tienen efecto en áreas puntuales.
Además, subrayó que la escala hace inviable una intervención generalizada: el Perú tiene más de 2000 glaciares, por lo que no existe, en términos operativos, una estrategia de protección física que pueda aplicarse de modo extensivo sin restringirse a sitios específicos.
Moschella recordó que los glaciares alimentan el caudal de subcuencas y microcuencas de su entorno. Cuando la masa de hielo disminuye, cae la disponibilidad hídrica, y el efecto se acentúa en la temporada sin lluvias, con impacto directo sobre agricultura y ganadería.

En paralelo, el retroceso glaciar incrementa la inestabilidad del terreno y eleva la susceptibilidad a desprendimientos de hielo y roca, con posibilidad de aluviones y desbordes de lagunas. En ese marco, la especialista indicó que Áncash y Cusco concentran lagunas con riesgo de desborde.
El Centro Nacional de Monitoreo de Glaciares y Ecosistemas de Montaña, inaugurado en mayo, instaló sensores para transmisión de datos en tiempo real. La laguna con mayor riesgo identificado fue Upiscocha, en Cusco, y el monitoreo también alcanzó a Grangajalca, en Huánuco, y Palcacocha, en Áncash, con el objetivo de aportar información para la toma de decisiones.
A los riesgos físicos se suma el drenaje ácido generado cuando rocas antes cubiertas por hielo quedan expuestas a la intemperie. Moschella advirtió que, en sectores como la Cordillera Blanca, existen minerales sulfatados que, al reaccionar, deterioran la calidad del agua de cuencas, ríos y lagunas cercanas, un fenómeno visible en aguas de color anaranjado.

Según detalló, el Inaigem elaboró en Áncash un mapa para localizar zonas con drenaje ácido y busca aplicar esa metodología a escala nacional. En la región, la entidad identificó afectación en la subcuenca del río Casca y la quebrada Shallap, donde está la laguna del mismo nombre, una de las que abastecen de agua a Huaraz; y reportó una situación similar en el entorno del nevado Pastoruri.
En paralelo, Moschella señaló que el Inaigem culmina un inventario nacional actualizado de glaciares que podría presentarse en aproximadamente dos meses.