¿Se puede enseñar el placer de leer? Cómo formar lectores en casa durante las vacaciones

¿Se puede enseñar el placer de leer? Cómo formar lectores en casa durante las vacaciones


En las vacaciones, la relación de los chicos con la lectura pasa a depender de lo que sucede en sus hogares. (Imagen Ilustrativa Infobae)

Aunque el hábito de leer no esté precisamente en expansión, todavía subsiste cierto consenso –al menos, declamado– sobre el valor de la lectura. Durante el año, muchas familias descansan en que la escuela se ocupe: se supone que, al menos en las clases de Lengua y Literatura, hay espacios y horarios definidos para que los chicos lean. También hay –en principio– bibliotecas y libros seleccionados por los docentes.

En las vacaciones, esa estructura queda en suspenso y la relación de los chicos con la lectura pasa a depender de lo que sucede en sus hogares. En estos días de tiempo libre, ¿qué pueden hacer padres y madres para que sus hijos elijan dedicar su atención a un libro? ¿Cómo competir con las redes que ofrecen estímulos inmediatos, siempre al alcance de la mano? ¿Es posible “enseñar” en casa el placer de la lectura?

Los datos confirman que el hábito de leer es más bien minoritario y que las pantallas ocupan la mayor parte del tiempo libre de los chicos. Según la evaluación Aprender 2025, solo uno de cada cuatro alumnos de 6° grado (24,5%) afirma leer libros o cómics con frecuencia. En tanto, 4 de cada 10 (37,8%) responden que no leen nunca. El uso de redes sociales como Instagram o TikTok, en cambio, es la actividad más habitual: 8 de cada 10 (82,5%) chicos de 6° grado las utilizan todos o casi todos los días –aunque la gran mayoría no tiene la edad mínima para crearse una cuenta–.

Frecuencia de actividades realizadas en tiempo libre - Aprender 2025
Frecuencia de actividades realizadas en tiempo libre, según las respuestas de los estudiantes argentinos de 6° grado de primaria. (Aprender 2025 – Secretaría de Educación de la Nación)

Para decepción de los nostálgicos, las cifras no permiten hablar de un “retroceso” de la lectura en los últimos años. Los datos de 2025 del Barómetro de la Deuda Social de la Infancia de la Universidad Católica Argentina muestran que el 53,1% de los niños y adolescentes urbanos de 5 a 17 años no suele leer textos impresos como libros, revistas o diarios. Según ese mismo relevamiento, hace quince años, en 2010, el porcentaje era parecido: 50,7%. Para la mitad de los chicos argentinos, la lectura no es –ni ha sido– una práctica habitual.

No es solo una cuestión de gustos subjetivos: la falta de lectura está atravesada por desigualdades asociadas con la situación económica de los hogares. No suele leer textos impresos el 68,6% de los chicos del nivel socioeconómico muy bajo, frente al 41,3% de quienes pertenecen al medio alto. Entre los hogares pobres, la ausencia de lectura alcanza al 58,9%, mientras que entre los no pobres baja al 46,1%, según los datos del Observatorio de la Deuda Social Argentina de la UCA.

Porcentaje de chicos/as de 5 a 17 años que no suele leer textos impresos
Porcentaje de chicos/as de 5 a 17 años que no suele leer textos impresos, por nivel socioeconómico y sexo. (Fuente: ODSA UCA)

Los datos sugieren que tener libros en casa ayuda a que el hábito de la lectura se vuelva más frecuente, pero eso solo no alcanza. Las especialistas consultadas por Infobae afirman que la formación de un lector requiere conversación sobre los textos, libertad de elección de los libros, ejemplaridad de los adultos y experiencias afectivas compartidas alrededor de las historias. Además de otro factor clave, que las vacaciones justamente habilitan: tiempo.

“Solemos pensar que el gusto por la lectura aparece de manera espontánea. Sin embargo, el placer de leer difícilmente pueda enseñarse como se enseña un tiempo verbal o cualquier otro contenido escolar”, explica Valeria Abusamra, doctora en Lingüística, investigadora del Conicet y autora, entre otros libros, de La ciencia de la lectura y la serie Leer para comprender y aprender.

Para Abusamra, ese placer “se construye en la experiencia compartida: en las conversaciones cotidianas, en los cuentos antes de dormir, en los adultos que leen porque disfrutan haciéndolo y en los hogares donde los libros ocupan un lugar”. La lectura es una habilidad cultural que necesita enseñanza y práctica. Por eso, Abusamra subraya: “Los lectores no nacen: se hacen”.

El proceso comienza antes de que un chico pueda descifrar por sí mismo las palabras de una página. Escuchar relatos, jugar con el lenguaje, conversar y mirar libros amplía el vocabulario y el conocimiento del mundo, explica la especialista. Y agrega que esas experiencias construyen una base que, más adelante, permite comprender mejor lo que se lee.

Primer plano de una madre leyendo un libro a un niño pequeño, ambos sonriendo. El niño señala una imagen en el libro. Una tableta inactiva está en la mesa.
Escuchar relatos, jugar con el lenguaje, conversar y mirar libros amplía el vocabulario y el conocimiento del mundo, explica Valeria Abusamra. (Imagen Ilustrativa Infobae)

El informe de la UCA revela que estas escenas no son frecuentes en todos los hogares, sino que se distribuyen de manera desigual. El 30,5% de los chicos de hasta 8 años no suele escuchar cuentos, lecturas o historias orales en su familia, según datos de 2025. La falta de esa práctica es mayor entre los menores de 5 años (con un 32%), que entre los niños de 5 a 8 (28,2%).

Abusamra subraya que la relación con los libros debe alimentarse antes y después del proceso de alfabetización. “Crear oportunidades para que los libros formen parte de la vida cotidiana hace una diferencia. Sabemos que esas experiencias dejan huellas y que leer con frecuencia fortalece la comprensión. Como cualquier práctica compleja, la lectura mejora con el ejercicio”, sostiene.

Porcentaje de niños/as de 0 a 8 años que no suele compartir cuentos o historias orales en familia
Porcentaje de niños/as de 0 a 8 años que no suele compartir cuentos o historias orales en familia, por grupo de edad y nivel socioeconómico. (Fuente: ODSA UCA)

“Aunque estamos en un momento atravesado por pantallas y nuevas formas de lectura, lo que permanece es el desafío de ayudar a que niños y jóvenes construyan significado a partir de lo que leen, disfruten de las historias y desarrollen una mirada crítica sobre los textos que los rodean”, analiza Abusamra. Y destaca que las vacaciones ofrecen algo que durante el año suele escasear: tiempo. “Tiempo para leer sin consignas, sin evaluaciones y sin apuros. Leer exige un tiempo propio. Las vacaciones son una oportunidad para recuperar ese tiempo lento que la lectura necesita para desplegarse”, propone la especialista.

Anabella Díaz, profesora y formadora de docentes en alfabetización y didáctica de la lengua y la literatura, propone distinguir entre aprender a leer y construir una relación con la literatura. La decodificación y la comprensión pueden y deben enseñarse sistemáticamente, subraya. El goce estético, en cambio, por definición no responde a una orden.

“El placer no se enseña ni se explicita: se ocasiona. No se puede mandar a alguien a gozar, pero sí se pueden garantizar las condiciones que lo hacen posible”, señala Díaz. Esas condiciones incluyen frecuencia, variedad y libertad de elección. En ese sentido, Díaz reivindica el “derecho a abandonar” un libro que no gusta.

“El adulto no transmite un contenido: ofrece una ocasión, como diría Graciela Montes. El flechazo no se enseña. El goce es el efecto de todo eso que uno construye; nunca puede ser la consigna”, continúa la especialista.

Un hombre de rasgos latinos y tres niños (dos niños y una niña) sentados en el suelo de una sala, rodeados de juguetes y libros educativos.
Las especialistas señalan que no puede «enseñarse» la lectura por placer, pero sí pueden generarse condiciones para que los chicos la experimenten. (Imagen Ilustrativa Infobae)

“El placer se puede estimular y compartir. No sé si enseñar es la palabra correcta, porque ahí está en juego el deseo del otro”, argumenta Ariana Lisnevsky, psicóloga y bibliotecaria responsable de la Biblioteca del Revés, un proyecto de la Escuela Primaria Cura Brochero, en el Barrio 21-24 Zavaleta de CABA. La iniciativa recibió una mención especial en el Premio Vivalectura 2026, organizado por Fundación Santillana y la OEI para promover la lectura en distintos espacios educativos y sociales.

Para que alguien pueda desear leer, sostiene Lisnevsky, primero tiene que haber atravesado experiencias satisfactorias vinculadas con los libros. “Ahí entra en juego el vínculo con otro. La lectura implica la riqueza de compartir con otros esos mundos imaginarios que te proponen los cuentos y las novelas, pero lo más lindo es que esa experiencia está atravesada por el afecto”, explica.

Una de las recomendaciones más repetidas para criar lectores es que los hijos vean leer a sus padres. Díaz aclara: no sirve montar una escena artificial para “dar el ejemplo”.

“Ningún chico se contagia de un adulto que lee solo para dar el ejemplo. Eso se nota, como se nota un actor que no se sabe la letra”, advierte. Y subraya: “El gusto por la lectura se contagia cuando los chicos ven a un adulto al que realmente le pasa algo mientras lee: que se ríe, comparte un párrafo en voz alta, recomienda un libro o se pelea con un final. Esa pasión es la que se transmite. Los chicos no imitan lo que les decimos que es importante, sino lo que nos ven disfrutar”.

Abuelos contado cuentos a los nietos
«El gusto por la lectura se contagia cuando los chicos ven a un adulto al que realmente le pasa algo mientras lee», afirma Anabella Díaz. (Freepik)

María Laura Agapito, especialista en alfabetización inicial y docente del Programa Maestro+Maestro del Ministerio de Educación de Córdoba, coincide en que “no se necesitan familias expertas en literatura, sino adultos promotores”. Ella es responsable del proyecto “Laboratorios de curiosidad: alfabetización científica en el primer ciclo”, que también fue distinguido en los premios Vivalectura 2026.

Se necesitan adultos dispuestos a regalar su voz, a seguir leyendo en voz alta incluso cuando los chicos ya saben leer solos. Adultos sensibles, capaces de cultivar un hábito que vincule los libros con el afecto y, especialmente durante las vacaciones, con la calma y el disfrute”, propone Agapito.

Esta sugerencia se repite en varios testimonios: la lectura en voz alta no debería terminar cuando los chicos ya aprendieron a leer solos. “La clave está en reemplazar la lógica de la obligación por la del encuentro afectivo: que el libro sea un pretexto para compartir tiempo, risas o una charla antes de dormir, y que ese momento de lectura se convierta en un ritual compartido”, señala la especialista.

La disponibilidad de libros no produce lectores automáticamente, pero hace la diferencia. El 20,7% de los alumnos de 6° grado no tiene ningún libro en su casa y otro 40,8% tiene entre uno y veinte. En total, más de 6 de cada 10 viven en hogares sin libros o con bibliotecas muy pequeñas, según los datos de Aprender 2025. En contraste, el acceso a internet (96,7%) y a teléfonos celulares (93,7%) es prácticamente universal entre los chicos de esa edad.

Distribución de estudiantes de 6° grado de primaria según cantidad de libros en el hogar
Distribución de estudiantes de 6° grado de primaria según cantidad de libros en el hogar, por sector de gestión y NSE. (Aprender 2025 – Secretaría de Educación de la Nación)

El capítulo sobre hábitos de lectura del informe Aprender 2025 marca una asociación entre cuántos libros tienen los chicos en el hogar y cuánto leen. Según lo informado por los propios estudiantes, solo el 13,8% de quienes no tienen libros lee con frecuencia; la cifra asciende al 22,4% entre quienes poseen hasta 20 libros y al 40,6% entre quienes viven en hogares con más de 100 ejemplares. De todos modos, en las casas con bibliotecas numerosas 6 de cada 10 chicos (59,3%) no leen con frecuencia.

Además de cuántos libros hay, importa dónde están y qué lugar ocupan en la rutina. El teléfono está en el bolsillo, sobre la mesa o en la mano. El libro, en cambio, suele reposar en la biblioteca. La recomendación de Díaz: que siempre haya libros cerca.

Libros desparramados por todas partes. Que estén en la pieza, junto al sillón, en el auto, en la mochila o en la cartera para aprovechar los tiempos de espera. Eso ayuda a construir un entorno en el que la lectura forme parte de la vida cotidiana y no aparezca solo cuando recordamos que hay que leer un cuento”, propone Díaz.

Día Internacional del Libro Infantil -  Libro Infantil – Perú – noticias – 31 marzo
La lectura en voz alta no debería terminar cuando los chicos ya aprendieron a leer solos, afirman los expertos. (Freepik)

Ileana Falconnat, bibliotecaria de la Escuela Primaria N° 5 Juan Bautista Alberdi, de San Miguel del Monte, también sugiere organizar en casa un sector con libros y revistas al alcance, y propone aprovechar las vacaciones para visitar bibliotecas, ferias y otros espacios de promoción de la lectura.

“Vivimos en un entorno digital que nos obliga a cuidar la salud mental de las nuevas generaciones frente a la dependencia del celular. El universo de los libros aparece entonces como un refugio y una guía fundamental para su desarrollo”, plantea Falconnat, autora de Construyendo puentes, un proyecto cultural desde una biblioteca escolar, un libro en el que repasa el trabajo impulsado en la biblioteca escolar, y que presentó este sábado en la Feria del Libro Infantil.

Prohibidos los interrogatorios”, subraya Díaz: la experiencia de lectura no debe transformarse en un examen de comprensión. “En lugar de hacer interrogatorios, conviene conversar sobre lo leído como se conversa sobre una película al salir del cine: comentar una escena que impactó, un final inesperado o un personaje que despertó sospechas desde el comienzo –propone–. Es fundamental hablar de la lectura sin convertirla en una evaluación”.

Las especialistas resaltan que es importante ampliar el repertorio de opciones, pero también observar qué temas movilizan a cada chico y aceptar lo que ellos efectivamente leen: manga, historieta, terror, superhéroes o novelas gráficas.

La lectura antes de dormir es uno de los rituales familiares que contribuyen a formar el gusto por los libros, explican las fuentes. (Imagen Ilustrativa Infobae)
La lectura antes de dormir es uno de los rituales familiares que contribuyen a formar el gusto por los libros, explican las fuentes. (Imagen Ilustrativa Infobae)

Lucía Gandur, profesora de Lengua y Literatura y formadora de docentes en Tucumán, cuestiona la idea de que únicamente la ficción prestigiosa valida a alguien como lector: un niño puede querer leer sobre fútbol, dinosaurios, astronomía, animales o videojuegos, y esa curiosidad resulta un motor muy valioso. Aprovechando los ecos del entusiasmo por el Mundial, se pueden ofrecer cuentos y crónicas sobre fútbol, ejemplifica la docente.

“Creo que a lo que los adultos no podemos renunciar es a nuestro rol de mediadores entre el libro y sus lectores. Cualquiera sea el texto elegido, nos exige no andar distraídos y atender el universo en el que habitan nuestros chicos. Seguramente, si les diéramos a elegir un libro a quienes consumen videojuegos o películas, optarían por un ejemplar relacionado con eso. ¿Y no es una puerta de entrada válida al universo de los libros?”, plantea Gandur.

Las formas de mediación también cambian con la edad. Guadalupe Dozo, profesora en Letras en escuelas públicas y privadas de Ezeiza, plantea que para acercar a los adolescentes a la literatura la clave es reconocer su etapa vital y las preguntas que los atraviesan: una historia puede ofrecer palabras para pensar la identidad, la soledad, los vínculos, el miedo o el futuro.

“Solo mirando a los adolescentes seremos capaces de ofrecer aquello que necesitan. Este es un buen punto de partida: pensar itinerarios adecuados a su etapa de desarrollo y alineados con sus interrogantes”, afirma Dozo. Y agrega: “El adulto puede ser una brújula que oriente el encuentro entre el lector y el libro, sin imponer, haciendo posible el encuentro, transmitiendo una relación viva con esos textos que hemos leído para que nuestras nuevas generaciones encuentren también en ellos esos significados que les permitan encontrar respuestas a las preguntas que tienen en su interior”.

Madre e hijo adolescente sentados en un sofá, ambos mirando una aplicación de redes sociales en un teléfono inteligente. La madre tiene su mano en el hombro del hijo.
Para los adolescentes, la lectura puede ser una oportunidad para indagar en las preguntas propias de esa etapa vital. (Imagen Ilustrativa Infobae)

Los datos de Aprender 2025 muestran una asociación relevante entre redes y lectura. Entre los alumnos que no usan redes sociales, la proporción que lee con frecuencia es 12 puntos más alta que entre quienes las utilizan todos los días. El resultado no implica que las redes provoquen la falta de lectura, pero sí muestra que las plataformas disputan el tiempo y la atención de los chicos.

¿Y la lectura en pantalla? Díaz subraya que, al menos en las edades más tempranas, la recomendación es leer textos impresos: “El papel ofrece un único canal de atención: la página y el texto. En el celular, en cambio, la lectura convive con notificaciones, redes sociales y la posibilidad permanente de cambiar de actividad. Por eso, especialmente en la primera infancia, sugiero priorizar el soporte papel, que favorece la concentración, la comprensión y la capacidad de imaginar a partir del texto”.

Adulto mayor, abuelo y nieta, leyendo cuento infantil - Perú - 19 de junio
Conversar sin evaluar, aceptar elecciones inesperadas, permitir el abandono de un libro que no interesó son algunas ideas que proponen las especialistas. (Foto: Unicef)

No existe, coinciden las especialistas, una fórmula que garantice la formación de lectores: ni un método, ni una cantidad mínima de minutos o páginas, ni un género que asegure el hábito. Sí pueden crearse condiciones: ofrecer libros y tenerlos a mano, leer en voz alta aunque los chicos estén “grandes”, conversar sin evaluar, aceptar elecciones inesperadas, permitir el abandono de un libro que no interesó, visitar bibliotecas y librerías, compartir un disfrute genuino.

“Como escribe Irene Vallejo, los libros sostienen una conversación que atraviesa el tiempo, y cada generación entra en ella a través de las historias que otros le acercan –concluye Abusamra–. Abrir un libro y compartir una historia puede ser, entonces, uno de los mejores regalos de estas vacaciones. Porque, al fin y al cabo, leer es descubrir una manera de mirar el mundo y de seguir haciéndose preguntas mucho después de haber cerrado un libro”.





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